
I
¿Dónde está Miguel Ángel Landa un martes a las once de la mañana? Está agachado, golpeando un vidrio de su restaurante con un trapo azul, probablemente matando un insecto. Tiene la cabeza completamente rapada y lleva en ella una sudadera negra.
Con esta imagen se identifica su nuevo negocio, homónimo del que tuvo por veinte años: Bienvenidos. Se trata de un restaurante self-service de comida por peso, con un chiste del día en la cartelera y un dibujo de Landa detrás de la caja.
Eso es lo que le queda a Miguel Ángel Landa después de unas cuatro décadas en la industria del espectáculo. Eso y su nombre en los créditos de 29 películas; su cara en casi todas las telenovelas emblemáticas del género en Venezuela; tres divorcios, y el recuerdo de varias operaciones y cuatro días en terapia intensiva para superar una «terrible enfermedad». Eso y la liquidez que le quede, de una demanda de más de cinco millardos, ganados en tribunales a un monstruo del entretenimiento como Venevisión.
II
En los años 60, en un programa de radio con Daniel Perdomo, Landa reiteró que le habría gustado haber nacido en otro país. Hoy dice que si dijo eso en esa época se refería a que un actor de Hollywood puede vivir con holgura sólo de hacer cine. Así, su deseo lo motivaba un axioma perturbador: a menos que se sea rico de cuna, hacer cine y hacer dinero no van juntos en Venezuela. Y Landa no es (sus hijos sí) rico de cuna.
Antes de hacer su primera película, trabajaba de día manejando y cargando botellas de un camión de Green Spot, y en las noches estudiaba teatro. Después, cuando se fue a Italia por dos años, no estuvo con una beca petrolera ni recibiendo giros de su familia: estuvo (según él) vendiendo pan, lavando carros, limpiando pisos, trabajando en una cafetería y durmiendo en plazas, mientras estudiaba cine y teatro.
La primera teta que le dio sustento en Venezuela fue la misma de tantos escritores y actores venezolanos que no quisieron parar en ascetas a la fuerza ni en eternos subsidiarios del Estado: la telenovela. Comenzó en RCTV haciendo de mayordomo en Renzo El Gitano, con Amalia Pérez Díaz. Un personaje secundario, pero con la deformidad gestual y la voz aguda y chillona que Landa le agregó, tuvo en el público un gancho importante. De ahí en adelante fueron 18 años con el antiguo canal 2, que abarcaron casi toda la vida, pasión y muerte de la telenovela cultural. Los bigotes de Landa ondean en banderas del melodrama venezolano, como Gómez y Pobre negro. Pero, sobre todo, su primer papel protagónico fue en la celebérrima La señora de Cárdenas, en la que entró por voluntad del mismo José Ignacio Cabrujas.
Su racha de estrella en TV empezó a tomar un curso que no le gustó, cuando en los años 80 le empezaron a ofrecer papeles de padre o tío de los protagonistas. Además, esto ocurría mientras las telenovelas que se escribían volvían a estar cada vez más del lado lavanda del charco. De las ofertas que le hicieron para hacer de familiar mayor solo tomó una, e hizo de padre de Caridad Canelón en Elizabeth –de la que se transmitía el remake Mi prima Ciela cuando no se le renovó la concesión a RCTV a finales de mayo pasado. Después de eso decidió abandonar el género, y se dedicó a grabar el piloto de un programa cómico –el segundo que producía, pues ya en los años 60 había hecho Él y ella con Mirla Castellanos, su primera esposa.
Así se hizo el piloto de Bienvenidos. Se grabó en RCTV, para RCTV, pero ahí no despertó interés, y fue en Venevisión donde le compraron la idea. Era 1982.
Diecinueve años en Venevisión y casi un año en Televen duró Bienvenidos. Además de los noticieros y Radio Rochela, es probable que más ningún programa venezolano haya durado tanto tiempo al aire. Un programa que (como Miguel Ángel Landa lo ha dicho y aún lo sostiene, un martes a las once y media de la mañana, mientras una mesonera de su restaurante le da a probar una torta de jengibre que van a servir) nunca fue bueno.
Cuando comenzó a transmitirse, sus amigos le hacían reclamos amables a causa de «lo gafo» que era el programa, y él respondía que el público se iba a acostumbrar, como de hecho ocurrió. «Bienvenidos era un programa... –dice Landa– y que yo a veces en cámara lo decía: “pero qué... ¡pero qué chiste tan malo! ¡¿Cómo se pueden calar ustedes esto?! ¡Ya tenemos siete años en el aire!”... Y llegamos casi a veinte.»
Cuando se terminó Bienvenidos había unos 50 mil chistes grabados, cerca de 50 por programa. Llegó a verse en toda América Latina y en todo el Estados Unidos de habla hispana, donde hicieron 104 shows en vivo. De hecho, en cinco años diferentes, según Landa, Bienvenidos fue el programa latinoamericano más visto en Estados Unidos.
Tal éxito fue posible a pesar de que todos los chistes de Bienvenidos no eran más que copias adaptadas. Gags descontextualizados, completamente libres de humor político, apoyados en situaciones universales, correctamente limadas: la pareja, el gallego, la infidelidad, las suegras. «Y hubo gente que me preguntó: “¿oye, de dónde sacaste eso?”. “Cosas que se me ocurren”, decía yo. ¡Mentira!», relata Landa. «La mayoría de los chistes son de libros. De Condorito para abajo. Yo hacía de un chiste de dos líneas dos páginas, y de ahí, bueno, fue surgiendo esa idea, y siguió y siguió y siguió.»
«Cosas que pasan», «risas y más risas»; «el libro Flaco de Miguelete»; «Boberto»... Esos eran algunos de los gags que se repetían y que eran el gancho del programa. Sin embargo, en algún punto que Landa no señala, él decidió, concienzudamente, darle máximo énfasis a la aparición de mujeres en paños menores. Éstas tuvieron cabida por primera vez con el primer Bienvenidos en la playa, en 1984, y durante los 19 años que duró el programa aparecían eventualmente. Pero en los últimos años de Bienvenidos, «las muchachas» hacían ver todo lo demás como mera excusa o decorado. A pesar de que se transmitía antes de las nueve de la noche, había pocos sketches en los que no aparecieran bikinis, piezas de lencería o baby dolls.
Tanto terminó siendo Bienvenidos una especie de Urbe Bikini para televisión con chistes malos, que la más reciente posibilidad que ha puesto Landa sobre la mesa para reeditar Bienvenidos es hacer un Bienvenidos sexy, en el que se verían «ciertas partes». Y aunque no niega que la relación entre exigencia del público y cantidad de piel enseñada era directamente proporcional, Landa asegura que nunca hubo presiones de los ejecutivos al respecto: que fue una decisión «personalísima». De hecho, ante el asunto de utilizar la imagen del cuerpo femenino para atraer espectadores, Landa no opta por evadir ni negar. Más bien asume una suerte de convicción, á la Hugh Hefner: «¡No hay cosa más hermosa para los ojos del hombre que ver una mujer hermosa, y sobre todo con poca ropa!», exclama.
A pesar de que este vuelco del programa cómico hacia la manipulación sensual del público masculino fue, según Landa, voluntad de él, hubo un par de llamadas de los inefables ejecutivos del canal al respecto. Estaban preocupados por la poca fe que daban a nuevas integrantes del elenco: «A mí una vez el canal me llamó (cuando digo el canal me refiero a alguien) y me dijo, “mira, chico, cómo se te ocurre poner esa muchacha flaca que habla así, como un ganzo”, y yo le digo déjame trabajar, déjame tranquilo, dentro de dos meses vas a ver quién es esa muchacha. María Antonieta Duque. Y lo repito: ¡María Antonieta Duque! Y me dijo: esa voz tan fea, flaquita, no tiene nada...
«¡La Beba Rojas! Esa misma persona me dijo: pero si parece... (no digo el término porque es muy peyorativo, y no me atrevo a repetirlo porque la quiero mucho). ¡Y Beba Rojas reventó la pantalla!»
De cualquier manera, más allá de las llamadas de ejecutivos del canal, que aparecen a intervalos en cualquier relato de Landa sobre Bienvenidos, no hubo nunca demasiadas tensiones con ellos. Según Landa, las relaciones con Venevisión en los 19 años que Bienvenidos se transmitió por ese canal fueron siempre diáfanas (quizá por lo distantes). El carácter proactivo y presumiblemente workaholic de Landa permitía a los ejecutivos desocuparse de las minucias técnicas, al tiempo que le daba a él cierta autonomía y control de calidad sobre el programa. Aunque con equipos y presupuesto del canal, él además de ser el anfitrión lo producía, lo dirigía, lo editaba y lo escribía todo. También era él quien metía y sacaba actores y modelos del elenco, y tenía aparente potestad para escribir los chistes, y para dar pequeños sermones cívicos al final del programa: quieran a Venezuela, den los buenos días, no se coman la luz...
Sin embargo, de esas censuras posteriores (que le llegaban a Landa en formato de comentarios o llamadas ocasionales de los ejecutivos) hubo una que le resultó espacialmente molesta. Cuando Landa la evoca se le desactiva un poco el escrúpulo con que evita hablar de pasajes amargos en la historia de Bienvenidos. Según él recuerda, ocurrió hace unos quince años. Un ejecutivo lo llamó y le dijo que por favor, que esos tip políticos no, porque no convienen. Eso después de que Landa, en su pequeño sermón del final del programa, dijera: «Yo pienso que la gente, aquella gente que no tiene la posibilidad de mandar a sus hijos a un buen colegio, de tener las necesidades más simples: tener su caraota, su azúcar, su café, su pan, para dárselo a sus hijos; eso no debería pasar en este país que es tan rico».
Hoy, cuando Landa recuerda ese episodio, se deja ver que aunque hubiera pocos roces entre él y los ejecutivos, no le resultaban nada cómodas esas llamadas a capítulo desde arriba. «¡En este momento en que vivimos yo quisiera preguntarle a ese ejecutivo por qué está en la posición que está!», reclama Landa. «¡Es difícil! ¿Si en aquella parte me dijo, por esa tontería que yo dije “mira, esos tips políticos no nos convienen”, ahora qué le conviene?»
III
Landa asegura que en septiembre de 2001, cuando le notificaron que Bienvenidos salía del aire, le pareció una decisión abrupta y sin justificación. Sin embargo, el anuncio se lo hicieron después de varios meses de pulso contra Aprieta y Gana, un programa de RCTV que desde que salió al aire le robó varias veces el rating a Bienvenidos. Por otro lado, hacía unos meses había sido despedido un grupo del elenco, en el que salieron Yulika Krauss y la Beba Rojas entre otros actores –despidos que esta última atribuye a «nuevos requerimientos del canal», de los que ella tenía rato escuchando en los pasillos.
Justo antes de la cancelación definitiva, los actores habían estado en Margarita, donde se grabó el último Bienvenidos para Venevisión. Este, según María Antonieta Duque, se hizo con una amenaza implícita de «váyanse tomando la champaña», y fue hecho a contracorriente del canal.
En ese punto dice Landa que tuvo el primer problema serio con los ejecutivos de Venevisión: una persona del canal le negó enfáticamente la posibilidad de despedirse de la audiencia en un último programa. Bienvenidos no volvería a entrar en la grilla de Venevisión. O, en caraqueño: recoge tus corotos que estás botado.
Hasta que no se rompió esa relación no fue evidente que la fluidez de ésta se debía a que algo nunca quedó lo suficientemente claro: si Landa era un empleado y Venevisión el jefe, o si Landa era el jefe y Venevisión una empresa que le compraba un programa. Sólo cuando Landa recurrió al «bueno, entonces págame mi vaina», fue claro que donde él había estado viendo gigantes, Venevisión había estado viendo molinos: para Landa, él llevaba 19 años siendo empleado de Venevisión, con un sueldo de 36.160.000 para cuando lo botaron, y le tocaban 5.017.515.099 de liquidación. Para Venevisión, Landa ni era un empleado, ni había ganado salario, ni había estado subordinado a la empresa y, por lo tanto, la suspensión de Bienvenidos no era un despido, y mucho menos había que darle prestaciones sociales.
La confusión de términos se extendía a los actores. Para Yulika Krauss, María Antonieta Duque y Beba Rojas, en el set de Bienvenidos no había más jefe que Miguel Ángel Landa. Para ellas está muy claro que el programa era de él. De hecho Duque dice que Landa hacía el programa y Venevisión se lo compraba, y Rojas menciona que incluso Landa tenía registrada una productora.
Precisamente por esa productora no fue fácil determinar si correspondía o no el pago de prestaciones. El canal le solicitó a Landa a los pocos años de transmitir el programa que registrara el nombre, y los contratos se suscribieron desde entonces, no con el actor, sino con Producciones Bienvenidos. Por eso, a vuelo de pájaro, la relación no era laboral sino mercantil.
Entre las partes había lo que en el tribunal llamaron una «prestación de servicios ambigua». Por eso resolver el caso llevó cuatro años y seis abogados del actor, contra ocho del canal. Una complicada querella legal, que pasó por debajo de la mesa del grueso de la opinión pública, sustituyó a la larga luna de miel entre el actor-productor y la empresa.
La decisión del tribunal se tomó con base en el contrato suscrito entre Producciones Bienvenidos y Venevisión, en el que encontraron claros rasgos de relación laboral. Resolvieron que claro que sí, que Landa estaba más que subordinado; que por supuesto que sí era un asalariado y que en todo caso le habían aplicado aquello de que el mejor dominado es el que cree que domina.
A seis años de suspendido Bienvenidos, y a más de un año de la sentencia del tribunal, María Antonieta Duque y la Beba Rojas siguen «reventando la pantalla»; en la historia del canal que Venevisión coloca en su página web, Bienvenidos es uno de los tres programas que se menciona; y el nombre del programa todavía le sirve a Miguelángel Landa para vender comida. Solo saben él y los ejecutivos del canal qué fue lo que pasó entre ellos, cuando este no pudo despedirse de la audiencia. Y solo sabe Coke Corona por qué, cuando se le preguntó por Bienvenidos, dijo «no quisiera ni hablar del asunto, porque es un pasado de verdad no tan glorioso».

