lunes 23 de julio de 2007

Demanda bien y no mires a quién




I

¿Dónde está Miguel Ángel Landa un martes a las once de la mañana? Está agachado, golpeando un vidrio de su restaurante con un trapo azul, probablemente matando un insecto. Tiene la cabeza completamente rapada y lleva en ella una sudadera negra.

Con esta imagen se identifica su nuevo negocio, homónimo del que tuvo por veinte años: Bienvenidos. Se trata de un restaurante self-service de comida por peso, con un chiste del día en la cartelera y un dibujo de Landa detrás de la caja.

Eso es lo que le queda a Miguel Ángel Landa después de unas cuatro décadas en la industria del espectáculo. Eso y su nombre en los créditos de 29 películas; su cara en casi todas las telenovelas emblemáticas del género en Venezuela; tres divorcios, y el recuerdo de varias operaciones y cuatro días en terapia intensiva para superar una «terrible enfermedad». Eso y la liquidez que le quede, de una demanda de más de cinco millardos, ganados en tribunales a un monstruo del entretenimiento como Venevisión.

II

En los años 60, en un programa de radio con Daniel Perdomo, Landa reiteró que le habría gustado haber nacido en otro país. Hoy dice que si dijo eso en esa época se refería a que un actor de Hollywood puede vivir con holgura sólo de hacer cine. Así, su deseo lo motivaba un axioma perturbador: a menos que se sea rico de cuna, hacer cine y hacer dinero no van juntos en Venezuela. Y Landa no es (sus hijos sí) rico de cuna.

Antes de hacer su primera película, trabajaba de día manejando y cargando botellas de un camión de Green Spot, y en las noches estudiaba teatro. Después, cuando se fue a Italia por dos años, no estuvo con una beca petrolera ni recibiendo giros de su familia: estuvo (según él) vendiendo pan, lavando carros, limpiando pisos, trabajando en una cafetería y durmiendo en plazas, mientras estudiaba cine y teatro.

La primera teta que le dio sustento en Venezuela fue la misma de tantos escritores y actores venezolanos que no quisieron parar en ascetas a la fuerza ni en eternos subsidiarios del Estado: la telenovela. Comenzó en RCTV haciendo de mayordomo en Renzo El Gitano, con Amalia Pérez Díaz. Un personaje secundario, pero con la deformidad gestual y la voz aguda y chillona que Landa le agregó, tuvo en el público un gancho importante. De ahí en adelante fueron 18 años con el antiguo canal 2, que abarcaron casi toda la vida, pasión y muerte de la telenovela cultural. Los bigotes de Landa ondean en banderas del melodrama venezolano, como Gómez y Pobre negro. Pero, sobre todo, su primer papel protagónico fue en la celebérrima La señora de Cárdenas, en la que entró por voluntad del mismo José Ignacio Cabrujas.

Su racha de estrella en TV empezó a tomar un curso que no le gustó, cuando en los años 80 le empezaron a ofrecer papeles de padre o tío de los protagonistas. Además, esto ocurría mientras las telenovelas que se escribían volvían a estar cada vez más del lado lavanda del charco. De las ofertas que le hicieron para hacer de familiar mayor solo tomó una, e hizo de padre de Caridad Canelón en Elizabeth –de la que se transmitía el remake Mi prima Ciela cuando no se le renovó la concesión a RCTV a finales de mayo pasado. Después de eso decidió abandonar el género, y se dedicó a grabar el piloto de un programa cómico –el segundo que producía, pues ya en los años 60 había hecho Él y ella con Mirla Castellanos, su primera esposa.

Así se hizo el piloto de Bienvenidos. Se grabó en RCTV, para RCTV, pero ahí no despertó interés, y fue en Venevisión donde le compraron la idea. Era 1982.


II

Diecinueve años en Venevisión y casi un año en Televen duró Bienvenidos. Además de los noticieros y Radio Rochela, es probable que más ningún programa venezolano haya durado tanto tiempo al aire. Un programa que (como Miguel Ángel Landa lo ha dicho y aún lo sostiene, un martes a las once y media de la mañana, mientras una mesonera de su restaurante le da a probar una torta de jengibre que van a servir) nunca fue bueno.

Cuando comenzó a transmitirse, sus amigos le hacían reclamos amables a causa de «lo gafo» que era el programa, y él respondía que el público se iba a acostumbrar, como de hecho ocurrió. «Bienvenidos era un programa... –dice Landa– y que yo a veces en cámara lo decía: “pero qué... ¡pero qué chiste tan malo! ¡¿Cómo se pueden calar ustedes esto?! ¡Ya tenemos siete años en el aire!”... Y llegamos casi a veinte.»

Cuando se terminó Bienvenidos había unos 50 mil chistes grabados, cerca de 50 por programa. Llegó a verse en toda América Latina y en todo el Estados Unidos de habla hispana, donde hicieron 104 shows en vivo. De hecho, en cinco años diferentes, según Landa, Bienvenidos fue el programa latinoamericano más visto en Estados Unidos.

Tal éxito fue posible a pesar de que todos los chistes de Bienvenidos no eran más que copias adaptadas. Gags descontextualizados, completamente libres de humor político, apoyados en situaciones universales, correctamente limadas: la pareja, el gallego, la infidelidad, las suegras. «Y hubo gente que me preguntó: “¿oye, de dónde sacaste eso?”. “Cosas que se me ocurren”, decía yo. ¡Mentira!», relata Landa. «La mayoría de los chistes son de libros. De Condorito para abajo. Yo hacía de un chiste de dos líneas dos páginas, y de ahí, bueno, fue surgiendo esa idea, y siguió y siguió y siguió.»

«Cosas que pasan», «risas y más risas»; «el libro Flaco de Miguelete»; «Boberto»... Esos eran algunos de los gags que se repetían y que eran el gancho del programa. Sin embargo, en algún punto que Landa no señala, él decidió, concienzudamente, darle máximo énfasis a la aparición de mujeres en paños menores. Éstas tuvieron cabida por primera vez con el primer Bienvenidos en la playa, en 1984, y durante los 19 años que duró el programa aparecían eventualmente. Pero en los últimos años de Bienvenidos, «las muchachas» hacían ver todo lo demás como mera excusa o decorado. A pesar de que se transmitía antes de las nueve de la noche, había pocos sketches en los que no aparecieran bikinis, piezas de lencería o baby dolls.

Tanto terminó siendo Bienvenidos una especie de Urbe Bikini para televisión con chistes malos, que la más reciente posibilidad que ha puesto Landa sobre la mesa para reeditar Bienvenidos es hacer un Bienvenidos sexy, en el que se verían «ciertas partes». Y aunque no niega que la relación entre exigencia del público y cantidad de piel enseñada era directamente proporcional, Landa asegura que nunca hubo presiones de los ejecutivos al respecto: que fue una decisión «personalísima». De hecho, ante el asunto de utilizar la imagen del cuerpo femenino para atraer espectadores, Landa no opta por evadir ni negar. Más bien asume una suerte de convicción, á la Hugh Hefner: «¡No hay cosa más hermosa para los ojos del hombre que ver una mujer hermosa, y sobre todo con poca ropa!», exclama.

A pesar de que este vuelco del programa cómico hacia la manipulación sensual del público masculino fue, según Landa, voluntad de él, hubo un par de llamadas de los inefables ejecutivos del canal al respecto. Estaban preocupados por la poca fe que daban a nuevas integrantes del elenco: «A mí una vez el canal me llamó (cuando digo el canal me refiero a alguien) y me dijo, “mira, chico, cómo se te ocurre poner esa muchacha flaca que habla así, como un ganzo”, y yo le digo déjame trabajar, déjame tranquilo, dentro de dos meses vas a ver quién es esa muchacha. María Antonieta Duque. Y lo repito: ¡María Antonieta Duque! Y me dijo: esa voz tan fea, flaquita, no tiene nada...

«¡La Beba Rojas! Esa misma persona me dijo: pero si parece... (no digo el término porque es muy peyorativo, y no me atrevo a repetirlo porque la quiero mucho). ¡Y Beba Rojas reventó la pantalla!»

De cualquier manera, más allá de las llamadas de ejecutivos del canal, que aparecen a intervalos en cualquier relato de Landa sobre Bienvenidos, no hubo nunca demasiadas tensiones con ellos. Según Landa, las relaciones con Venevisión en los 19 años que Bienvenidos se transmitió por ese canal fueron siempre diáfanas (quizá por lo distantes). El carácter proactivo y presumiblemente workaholic de Landa permitía a los ejecutivos desocuparse de las minucias técnicas, al tiempo que le daba a él cierta autonomía y control de calidad sobre el programa. Aunque con equipos y presupuesto del canal, él además de ser el anfitrión lo producía, lo dirigía, lo editaba y lo escribía todo. También era él quien metía y sacaba actores y modelos del elenco, y tenía aparente potestad para escribir los chistes, y para dar pequeños sermones cívicos al final del programa: quieran a Venezuela, den los buenos días, no se coman la luz...

Sin embargo, de esas censuras posteriores (que le llegaban a Landa en formato de comentarios o llamadas ocasionales de los ejecutivos) hubo una que le resultó espacialmente molesta. Cuando Landa la evoca se le desactiva un poco el escrúpulo con que evita hablar de pasajes amargos en la historia de Bienvenidos. Según él recuerda, ocurrió hace unos quince años. Un ejecutivo lo llamó y le dijo que por favor, que esos tip políticos no, porque no convienen. Eso después de que Landa, en su pequeño sermón del final del programa, dijera: «Yo pienso que la gente, aquella gente que no tiene la posibilidad de mandar a sus hijos a un buen colegio, de tener las necesidades más simples: tener su caraota, su azúcar, su café, su pan, para dárselo a sus hijos; eso no debería pasar en este país que es tan rico».

Hoy, cuando Landa recuerda ese episodio, se deja ver que aunque hubiera pocos roces entre él y los ejecutivos, no le resultaban nada cómodas esas llamadas a capítulo desde arriba. «¡En este momento en que vivimos yo quisiera preguntarle a ese ejecutivo por qué está en la posición que está!», reclama Landa. «¡Es difícil! ¿Si en aquella parte me dijo, por esa tontería que yo dije “mira, esos tips políticos no nos convienen”, ahora qué le conviene?»

III

Landa asegura que en septiembre de 2001, cuando le notificaron que Bienvenidos salía del aire, le pareció una decisión abrupta y sin justificación. Sin embargo, el anuncio se lo hicieron después de varios meses de pulso contra Aprieta y Gana, un programa de RCTV que desde que salió al aire le robó varias veces el rating a Bienvenidos. Por otro lado, hacía unos meses había sido despedido un grupo del elenco, en el que salieron Yulika Krauss y la Beba Rojas entre otros actores –despidos que esta última atribuye a «nuevos requerimientos del canal», de los que ella tenía rato escuchando en los pasillos.

Justo antes de la cancelación definitiva, los actores habían estado en Margarita, donde se grabó el último Bienvenidos para Venevisión. Este, según María Antonieta Duque, se hizo con una amenaza implícita de «váyanse tomando la champaña», y fue hecho a contracorriente del canal.

En ese punto dice Landa que tuvo el primer problema serio con los ejecutivos de Venevisión: una persona del canal le negó enfáticamente la posibilidad de despedirse de la audiencia en un último programa. Bienvenidos no volvería a entrar en la grilla de Venevisión. O, en caraqueño: recoge tus corotos que estás botado.

Hasta que no se rompió esa relación no fue evidente que la fluidez de ésta se debía a que algo nunca quedó lo suficientemente claro: si Landa era un empleado y Venevisión el jefe, o si Landa era el jefe y Venevisión una empresa que le compraba un programa. Sólo cuando Landa recurrió al «bueno, entonces págame mi vaina», fue claro que donde él había estado viendo gigantes, Venevisión había estado viendo molinos: para Landa, él llevaba 19 años siendo empleado de Venevisión, con un sueldo de 36.160.000 para cuando lo botaron, y le tocaban 5.017.515.099 de liquidación. Para Venevisión, Landa ni era un empleado, ni había ganado salario, ni había estado subordinado a la empresa y, por lo tanto, la suspensión de Bienvenidos no era un despido, y mucho menos había que darle prestaciones sociales.

La confusión de términos se extendía a los actores. Para Yulika Krauss, María Antonieta Duque y Beba Rojas, en el set de Bienvenidos no había más jefe que Miguel Ángel Landa. Para ellas está muy claro que el programa era de él. De hecho Duque dice que Landa hacía el programa y Venevisión se lo compraba, y Rojas menciona que incluso Landa tenía registrada una productora.

Precisamente por esa productora no fue fácil determinar si correspondía o no el pago de prestaciones. El canal le solicitó a Landa a los pocos años de transmitir el programa que registrara el nombre, y los contratos se suscribieron desde entonces, no con el actor, sino con Producciones Bienvenidos. Por eso, a vuelo de pájaro, la relación no era laboral sino mercantil.

Entre las partes había lo que en el tribunal llamaron una «prestación de servicios ambigua». Por eso resolver el caso llevó cuatro años y seis abogados del actor, contra ocho del canal. Una complicada querella legal, que pasó por debajo de la mesa del grueso de la opinión pública, sustituyó a la larga luna de miel entre el actor-productor y la empresa.

La decisión del tribunal se tomó con base en el contrato suscrito entre Producciones Bienvenidos y Venevisión, en el que encontraron claros rasgos de relación laboral. Resolvieron que claro que sí, que Landa estaba más que subordinado; que por supuesto que sí era un asalariado y que en todo caso le habían aplicado aquello de que el mejor dominado es el que cree que domina.

A seis años de suspendido Bienvenidos, y a más de un año de la sentencia del tribunal, María Antonieta Duque y la Beba Rojas siguen «reventando la pantalla»; en la historia del canal que Venevisión coloca en su página web, Bienvenidos es uno de los tres programas que se menciona; y el nombre del programa todavía le sirve a Miguelángel Landa para vender comida. Solo saben él y los ejecutivos del canal qué fue lo que pasó entre ellos, cuando este no pudo despedirse de la audiencia. Y solo sabe Coke Corona por qué, cuando se le preguntó por Bienvenidos, dijo «no quisiera ni hablar del asunto, porque es un pasado de verdad no tan glorioso».

jueves 16 de noviembre de 2006





I

Cuando Jorge Ferreira, del Grupo Cumbre, completa la faena para llegar hasta el tope del pico Bolívar, no consigue los habituales glaciales sino un granizo más bien ínfimo y roca húmeda. Naturalmente se frustra, porque no encuentra cristales blancos naturales de agua, en el único lugar de Venezuela donde (hasta nuevo aviso y que él sepa) los podría conseguir. Y de inmediato se le suma a ese sentimiento un pensamiento grande. Uno que excede de sobra el terreno de un hombre que llega a una montaña y no consigue nieve. Jorge se alarma, y dos palabras se le encajan entre ceja y ceja. Calentamiento global.

Hace unos años habría sido válido responsabilizar de la inquietud de Jorge a una campaña que llevan varios sectores sociales desde hace casi una década, con un apoyo esencial de los medios de difusión masiva. Hoy, a dos años del más caliente que se haya registrado (2005), y en medio de una efervescencia de tragedias climáticas como Katrina y el Tsunami, resulta mucho más delicado cuestionar la tesis del calentamiento global. Por otro lado, en enero se estrenó en el Festival de Sundance el documental An Inconvenient Truth, de Davis Guggenheim, que parece haber acumulado la contundencia de esos hechos en un arma mediática, para volver a colocar en el tapete, más potenciada que nunca, la tesis del calentamiento.

La medula del documental que estremeció en Sundance, Utah, el festival de cine organizado por Robert Redford, es una conferencia ofrecida por Al Gore durante años en varios estados de EE.UU. y varios países de Europa y Asia. Esta transcurre de inicio a fin, con tomas grabadas en distintas presentaciones. El material de apoyo de la conferencia (imágenes de huracanes y lugares devastados por estos, desprendimientos de glaciares, animaciones y gráficas explicativas) están a pantalla completa en el largometraje, y el resto son reflexiones existenciales en off del ex senador, sobre su vida o sobre la vida en general, mientras se muestran imágenes de la granja donde Gore vivió su infancia, fotos de él cuando niño, o simplemente al mismo ex senador mirando por la ventana de algún vehículo o frente al monitor de su laptop.

Tanto el documental como los postulados de la conferencia de Gore han tenido en general una acogida favorable entre el público. Es un punto a su favor que en el mismo año de su estreno se hayan implementado medidas para reducir las emisiones de CO2 en California, y el gobierno británico se haya declarado en emergencia por el calentamiento global. Aparentemente la causa que apoya el documental es tomar acciones para aminorar los daños que puede traer para la civilización humana su propia actividad, que en teoría es incuestionable. Sin embargo ha habido críticas negativas sobre el largometraje, algunas de ellas muy duras.

El aspecto desfavorable más señalado es el énfasis que se hace en reflexiones e historias personales de Gore, con voz afectada, fuera de la conferencia, e imágenes de él mismo con expresión taciturna. Por otro lado, ese rasgo es solo uno de los muchos que marcan el enfoque sensacionalista de la conferencia y del documental, que en su discurso privilegia a las emociones y las sensaciones sobre la argumentación objetiva y científica. Pero más importante aún es una falla de fondo, relacionada con una serie de afirmaciones en las que Gore se basa para pronosticar sus catastróficos escenarios, hechas sobre temas científicos en torno a los que actualmente hay mucha más incertidumbre que certezas.


II
La única fuente autorizada internacionalmente para diagnosticar, recetar y pronosticar acerca del cambio climático es el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC). Fue una instancia creada en 1988 por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Organización Mundial de Meteorología, en reconocimiento del problema del cambio climático. Su labor ha sido elaborar informes para establecer un sustento teórico que explique cómo el ser humano está forzando el cambio climático y cómo este puede afectar. Hasta ahora han publicado tres informes, en 1990, 1995 y 2001, y se espera uno para febrero de 2007

Los escenarios del IPCC en el informe de 2001 lucen bastante llevaderos ante las predicciones arrojadas por Gore. Basados en decenas de posibles escenarios, en los que se prevé desde el máximo hasta el mínimo nivel de emisión de CO2, los científicos del IPCC proyectan para finales de siglo XXI un aumento de entre 1,3 y 4,5° C en la temperatura global, y un aumento de entre 0,11 y 0,77 mm en el nivel medio del mar. Por otro lado, hipótesis como el derretimiento del hielo de la Antártida en este siglo, ante las predicciones del IPCC en 2001, resultan completamente improbables, y seguirán resultándolo a menos que en 2007 el IPCC se presente con un informe que contradiga del todo al publicado en 2001.

En palabras sencillas el planteamiento fundamental del IPCC es que el exceso de los llamados gases invernadero (dióxido de carbono, metano, óxidos nitrosos y clorofluorocarbonos, entre otros) aumenta la temperatura de la superficie y la atmósfera terrestre, porque incrementa el efecto invernadero. Este normalmente sirve para que la tierra se mantenga a una temperatura en la que la vida pueda ocurrir, pero si se intensifica más de la cuenta puede hacer que suba inconvenientemente la temperatura global del planeta. El más sonado punto de discusión acerca del cambio climático global es la reducción o no, por parte de los países industrializados, de un porcentaje de sus emisiones de CO2 por quema de combustible fósil, acordada en 1997 en la Conferencia Internacional sobre Cambios Climáticos en Kioto.

En general los informes del IPCC no han sido muy refutados que se diga (quizá por aquello de que contradecirlos suena a declaración pagada por la Exxon Mobile). Sin embargo, el físico atmosférico Richard Lindzen, una respetada autoridad en climatología, ha marcado distancia ante la teoría del calentamiento global desde que la escuchó por primera vez. En su ensayo “Global Warming: The Origin and Nature of the Alleged Scientific Consensus”, Lindzen expone sus críticas a lo que él llama la histeria del calentamiento. El IPCC no es su objeto de diatriba, pero sí señala inconsistencias en el informe de basamento científico. Lindzen sostiene, entre otras cosas, que en los modelos del IPCC el manejo de factores como las nubes y el vapor de agua (mucho más determinantes en el calentamiento que el CO2, y de cuyo comportamiento se sabe casi nada) es sumamente arbitrario, y se dispone siempre a favor del calentamiento. También explica que los modelos utilizados por el panel para predecir futuras temperaturas tienen cerca de 50 % de inexactitud, y que de hecho actualmente no existe aún una tecnología lo bastante eficiente para tomar la temperatura promedio de la Tierra. Incluso asegura que en la historia del planeta ha habido mayores concentraciones CO2 que la que se prevé para los siglos venideros.

III
El cuestionamiento de Lindzen va más allá de la falta de evidencia científica, incluso en cuanto al IPCC. Argumenta que los científicos que integran el panel fueron postulados, no por la comunidad académica, sino por los gobiernos de los países, y que varios de ellos declararon haber sido presionados para suprimir resultados distintos a los que apoyaran la teoría del calentamiento por actividad humana. También afirma que muchos no estuvieron de acuerdo con la versión final del informe (de ahí que en algunas producciones audiovisuales que refutan la teoría del calentamiento, se vea a científicos del IPCC dando argumentos en contra de la hipótesis).

Algunas de las agendas preexistentes que se beneficiarían con una histeria del calentamiento son reducir la dependencia del petróleo del Medio Oriente, cuestionar la sociedad industrial y promover fuentes de energía renovables. Establecer vínculos entre esas agendas es difícil, y señalar un sospechoso, para demostrar intenciones perversas detrás de la campaña que se ha alertado sobre los peligros del calentamiento global, exigiría un ejercicio de mucha especulación. Si el informe del 2007 del IPCC corrobora que son extremistas quienes se empeñan en declarar al mundo en emergencia preapocalíptica a causa del calentamiento global, probablemente habrá que concluir que no es más que una intentona más del mundo occidental por vislumbrar cómo va a ser el fin de la civilización.

Lindzen señala que en 1989, a pesar del extendido escepticismo entre los académicos, y un año antes del primer informe del IPCC, los medios europeos y estadounidenses declaraban que todos los científicos estaban de acuerdo en que el calentamiento era real y potencialmente peligroso. Eso ocurría apenas a un año de la primera postulación pública de la hipótesis, que James Hansen, director del Instituto para el Espacio de Goddard, expuso frente a Al Gore en el congreso de EE.UU., arguyendo que la intensidad del verano de 1988 (uno de los más calientes en la historia del país) se debía a la concentración de gases invernadero producida por actividad humana. En 1989 ya la maquinaria ambientalista que floreció en los años 70 en Europa y EE.UU. tenía un año abocando sus recursos y su militancia a detener el calentamiento global. Ese mismo año aparecieron declaraciones de celebridades como Meryl Streep, para detener el calentamiento, y se celebraron muchas reuniones, de políticos, activistas y celebridades. Entre ellas hubo una bastante notoria, convocada por Robert Redford, en su rancho de Sundance, Utah.

En Venezuela, por tradición, el clima no duele, y no suele ser un tema que trascienda el comentario genérico que se hace cuando no hay mucho más de qué hablar. Llueve, llueve mucho, hace calor y hace mucho calor parecen ser las únicas gradaciones de nuestras condiciones climáticas. Los refugiados que han dejado algunos aguaceros y vaguadas se han revelado más como un asunto de construcción en zonas de riesgo que como consecuencias del calentamiento global. De hecho, Suramérica prácticamente ni se nombra en la película de Gore. Por otro lado, la emisión de CO2 de Venezuela no llega al 0,50 % del total mundial y es uno de los países de la Opep menos regulados por el protocolo de Kioto. Ahora, si sigue tomando fuerza y partidarios la bola del calentamiento global; si el mundo entero comienza a prescindir del combustible fósil para “salvar al planeta”, la economía nacional va a estar mucho más amenazada que lo que lo está el hielo del océano Ártico actualmente, y entonces el tema del clima sí que va a pesar.

miércoles 26 de abril de 2006

El que no pele favor no gritar



I

6:27 pm. 20 de marzo de 2006. Se asoma a la puerta de la sala 1 de la Organización Nelson Garrido y una voz femenina pregunta “¿Quién es, quién es? ¿¿ese gordito??”. Y sí. El gordito bajo, de franela, audífonos y pantalones negros que se acaba de asomar a la puerta es a quien espera la sala 1 colmada de gente: El artista.

Después de unos diez minutos de pelea de los anfitriones contra el video beam, El artista se interpone entre el público y las imágenes proyectadas en la pared. En ellas se le ve, en un documental de la HBO, dirigiendo y fotografiando a hombres y mujeres que se quitan la ropa en Nueva York, y a policías que lo arrestan por incitar a la desnudez pública.

En la pantalla, con el favor de los planos y la actitud de quien dirige a un grupo de gente desnuda con una cámara fotográfica, se finge mejor su pose enfática, de artista-celebridad. Pero aquí llega es el gordito Spencer, simpático y retaco, que antes de responder una pregunta mira hacia arriba mientras juega con una botellita de agua; que cuando Fernando Rodríguez le dice que su trabajo le recuerda la poesía de Allen Ginsberg y Walt Withman responde que debería leerlos algún día. Entre tantas respuestas que inventa a la misma pregunta, dice que en este momento de su carrera no se puede dejar fotografiar desnudo, porque no le interesan las celebridades desnudas, y sin embargo dice no ser más que un artista visual que trata de sobrevivir en Nueva York.

Parece disfrutar y aupar esa alternancia entre figura pública del mundo del arte y regordete ingenuo y gracioso. Después de instalarse, mandar a encender la luz y pedir que se comience directo con las preguntas, suena su teléfono celular. Antes de contestar mira a la audiencia con una mueca, dice “Oh, it’s my mom!” y comparte con el público la nimiedad de una conversación, con alguien que seguramente no era su mamá pero que parecía familiar. Su mujer, quizá.

La primera pregunta del público fue sobre el lugar escogido para su performance-instalación de desnudos grupales en Caracas: por qué frente a la estatua de Simón Bolívar. Tema sobre el que El artista ya había disertado no pocas veces, y sobre el que sin embargo aportó esta vez novedades. Al parecer no fue sólo por el parecido que El artista encuentra en el lugar que está detrás de la estatua con el esqueleto de una ballena –en uno de esos símiles de Spencer, como definir su trabajo de desnudos masivos en lugares públicos como un Where’s Wally para adultos. Sobre todo fueron decisivas las adversidades que presentaban los otros lugares: el humo militar que expele Los Próceres –que El artista no pudo resolver con su proposición de meter a los modelos voluntarios en la piscina del parque–; y la declaración de los cuerpos de seguridad, que se dijeron incompetentes para garantizar... la seguridad de los cuerpos desnudos si la instalación performance se hacía en El Calvario. Dijo que “estaba muy triste” porque se había imaginado en las escaleras de El Calvario una torta de cumpleaños de gente –otra vez sus símiles– que no pudo hacer. También aclaró que la “V” de Venezuela que mandó a formar por los modelos voluntarios en cueros en la avenida Bolívar no estaba en sus planes, y fue forzada por un volumen de asistencia por debajo de las expectativas.

Fui el segundo que tuvo la oportunidad de hacerle una pregunta a El artista.

–La gente suele asociar desnudez pública con libertad. Sin embargo, dijiste en una entrevista que quien, según crees, ha visto más personas desnudas que tú es un faraón egipcio. Además ayer, cuando participé en tu instalación-performance, pensé que parecías el autócrata de ese espacio, ordenando a casi 2000 personas desnudas qué hacer con su propio cuerpo. ¿Crees que la gente en tu instalación está de verdad expresando libertad?

–A veces es difícil comunicarse con ciertas multitudes, porque son muy entusiastas. Entonces mi nivel de energía se torna más duro, a fin de llevarlos a concentrarse en el arte interior. Me volví loco en la primera toma. De verdad... uhm. Porque no podía hacer que la gente se concentrara en mí. Estaban tan felices de estar desnudos... Entonces intenté como “¡mírenme, mírenme”. Me tomó un poco más de tiempo orquestar a un nivel para ser un... para hacer una obra de arte. No sólo la celebración. También me estaba volviendo loco porque los walkie talkies se estaban quedando sin pilas, así que no podía comunicarme con el equipo en que estaba el piso. Pedí ocho megáfonos. Sólo pudieron conseguir tres. La próxima vez voy a tener walkie talkies de respaldo y me voy a asegurar de que los megáfonos se queden cerca de mí... Entonces, obviamente estaba más energizado aquí –con gordito énfasis– porque la gente estaba más energizada aquí –y otra vez con rechoncha afección.

II

El viernes 17 de marzo, a las 6:18 pm, recibí, como los 7.800 que nos inscribimos en la web desde enero, un mail del remitente info@macssi-tunick.ve (ver Apéndice). El cuerpo del correo comenzaba con “Por fin llegó el día. Espero que estén listos para pasar una mañana extraordinaria”. Y después había una serie de instrucciones muy precisas y detalladas: dos días más tarde había que estar en la Avenida Bolívar a las 4:45 am, en lo que en el mail llamaban “la zona que se encuentra debajo de las torres del tribunal de justicia en construcción, sobre el túnel”. Nada de comida, nada de bebida, nada de lentes, sombreros, objetos de valor, papelitos, decía. Nada de bulla mientras trabaja El artista: no es una fiesta, un discurso, una protesta: es una obra de arte. Nada de consignas ni pancartas, nada de hablar o gritar mientras habla El artista, él es el único que puede figurar. Y, sobre todo, el que quiera posar, o simplemente asistir, tiene que desnudarse. Que tuviéramos paciencia, y que no nos preocupáramos porque nada más íbamos a estar desnudos unos quince minutos, mientras durara la sesión, y que nos iba a estar cuidando la Policía Metropolitana, el Cuerpo de Bomberos de la Alcaldía Mayor, Seguridad Ciudadana, Tránsito Terreste y Protección Civil.

Pero además había que imprimir y firmar una “planilla”, que parecía un contrato de canal de televisión. Firmándola no sólo se renunciaba a reclamar cualquier tipo de beneficio por participar en la obra, que es lo usual en estos documentos de la industria del espectáculo, sino que se decretaba una sentencia casi escalofriante: “Entiendo concretamente que yo, mis representantes y mis herederos están renunciando a cualquier reclamo u acciones legales por pérdidas, daño corporal, daño a la propiedad, muerte accidental, pérdida de servicios y afines, que ahora o en el futuro yo pueda sufrir por actos de negligencia u otro tipo de conducta por parte del Ministerio de la Cultura, IAIME, Fundación Museos Nacionales, MAC, Spencer Tunick/Naked Pavement o sus representantes”.

Igual, a pesar de todo el melindre, lo único rigurosamente cierto que leí en ese mail enviado por info@maccsi-tunick.ve fue el lugar, la hora, que había que estar completamente desnudo para participar, que era el último mail que recibiría del MAC antes de la instalación y que se iba a tratar de una mañana extraordinaria –no tanto por aceptar un término entusiasta, sino por Fuera del orden o regla natural o común (DRAE). Todo lo demás fue flagrantemente incumplido: sí fue una fiesta, sí hubo cámaras, sí hubo comidas y bebida, sí se podía llegar a última hora y participar, de bolas que sí estuvimos desnudos mucho más de quince minutos, no hubo paciencia, sí hubo fiesta, sí hubo papelitos y lo que más hubo fue discurso y protesta.

III

La noche del 18 coincido en la plaza Isabel La Católica con Sofía, que me convida a esperar la hora de pelar en el apartamento de un tocayo en Parque Central. En la calle no hay nadie que no tenga preparado algún comentario. Todos tienen que hacer patente su dictamen sobre la instalación performance de Spencer Tunick, así se reduzca a gritar el apellido de El artista como si fuera una onomatopeya o un ruido animal. “¡Tunin! ¡Tuuuuninn!”.

“Yo tengo una camarita aquí pa’ decirle a las muchachas que después de lo de Tunick tal”, dice Merwin todavía en la plaza, “y si me dicen que no... les lanzo la cámara... No, viene Tunick, que nadie lo conoce, y todo el mundo pela, y uno, que tiene toda la vida... nooo... Y lo peor es que él no pela”. Merwin es uno de los que va al apartamento de Parque Central, y en la línea de la suya van a estar todas las acotaciones que hará sin pausa ese grupo durante la madrugada; comprando el alcohol, montados en el autobús o ya instalados en los futones hasta la hora de salir a pelar: viene un gringuito y todo el mundo le pela el rabo, dice ponte pallá ponte pacá y todo el mundo pallá y pacá porque él es El artista, ¿por qué él no pela el culo también?, y además es gratis, y sin poder tomar fotos, ¿hasta cuándo vamos a cambiar pepas de oro por vidriecitos de colores?

Una hora y cuarto después del tiempo tope para inscribirse y participar en la instalación el grupo está casi todo boqueando en los futones del apartamento. Tanta queja ha sonado en esa sala que llego a convencerme de que he ido a parar en el lugar equivocado, y que me tocará bajar solo a cruzar la avenida y pelar. Pero Sofía se pone a alentar; se afinca, puya, hace cosquillas, jala por los hombros, y termina logrando que se mueva el batallón entregado a la baba onírica. Le dicen cuál es tu cuña, no te están pagando, deja el apuro, pero las ganas de empelotarse en cambote de Sofía jalan más duro que la intransigencia apática del colectivo.

“¡Vamos al pele, al pele popular! ¡Vamos al pele, al pele popular!”, empieza a cantar Merwin la primera consigna de la mañana, cuando el grupo ya espabilado está esperando el ascensor. En el nivel Lecuna de Parque Central nos topamos con una Norah Toro morena, bien alimentada, con la barriga afuera y la lengua tropezona de la pea.

–¿Ustedes van pa lo del nudista? –dice tambaleándose y con un vozarrón –¿Dónde es eso? ¡Eso comienza aquí mismo! –insiste acercándose al grupo

–Bueno, pero pela pues –le dice Ismael, tomando distancia

–No, ¡si te la pelo aquí me vas a pelar es todo! –replica ella ya casi yéndosele encima

Ismael se ríe y apura el paso.

–Soy chavista, lo sé todo –termina Norah, ya arrastrada por su acompañante hacia los ascensores –Los gringos son unos anormales... bueno, a mí me parece.

Lo fuera del orden o regla natural o común de la mañana comienza desde que ponemos un pie en la avenida Bolívar. El pavimento vacío de carros y de basura se pierde de vista en dos direcciones, y la mirada se puede detener con calma en un paisaje habitualmente ahogado por bulla y humo. El arco del nunca inaugurado Palacio de Justicia está alzado al fondo, y para allá va todo el mundo, con la planilla firmada en la mano y cancha para andar. Parece que todos los que caminan por la avenida a esa hora van a pelar; todos tienen que ver con la alteración del orden de las cosas que se va a dar. Los policías miran, como dijo Merwin, con hambre pero abren. Hoy ellos también son parte de la suspensión de la ley, y en vez de irrespetar y asustar, protegen a los ciudadanos.

Sólo a la altura de la Goodyear, dos policías dan la única orden del día y piden que no caminemos por la avenida sino por la acera, donde un tipo pregona cigarros detallados. Unos cien metros más adelante, con los escombros de Nuevo Circo ya a los costados, hay dispuestos cada cierto trayecto jóvenes con la chapa ST colgada del cuello, la autoridad del día en el sitio.

–Buenos días, caballeros, ¿van a participar en el evento? Rápido, rápido que ya llegó –repetían en cada alcabala –Los que no participen devuélvanse de una vez: no los van a dejar pasar.

IV

A las seis y cuarto de la mañana, los puntuales lo habían visto llegar y subirse, junto a su cuñada-traductora y el otro en tres escaleras de mano, ubicadas a espaldas un Simón Bolívar esculpido por Julio Maragall, negro, carrasposo, de líneas bruscas. Hacinados en el patio de lo que alguna vez se pretendió que fuera el palacio de justicia, y que hoy es una tierra de nadie en escombros que llaman remodelación, aplaudieron eufóricos unos mil trescientos cuando vieron instalarse en su tribuna alzada al hombre que esperaban desde las cuatro de la mañana. Ahí, sentados en el piso, pasando frío, aguardando a que él les diera la orden de quitarse la ropa y mover en masa sus cuerpos desnudos a su antojo estético.

Él llega en camioneta oficial, con la ropa justa para el fresco tropical de esa hora. Él va arriba mandando, y los demás abajo, esperando que él otorgue la licencia temporal. Mil y dele personas a punto de dejar la ropa tirada en un lugar donde usualmente nadie le quitaría ni un segundo la vista a una arepa de diablitos. Pero él es el acontecimiento, él es la noticia. Ese es el pacto: el arte instalación hace del espectador una “víctima”, partícipe y testigo de la alteración del orden o regla natural o común que efectúa el artista. Sin embargo Tunick sabe que en estas latitudes –quizá por eso gritó tanto–, la multitud que acude a obedecer desnuda el capricho de su retaca gordura no lo hace, como los europeos, por satisfacer la omnisciente conciencia de ser partícipes de una obra de arte, sino por gozar de una supresión de las reglas habituales; por hacer bulla en pelota, por pelarse el culo en la avenida Bolívar y gritarle a los guardias nacionales. Estoy seguro de que el interés que nos llevó a pelar y posar a la gran mayoría fue por la experiencia extática, de nuestra propia presencia despojada de ropa en ese espacio, y no el éxtasis del valor ante los 1.500 dólares americanos que costarán las copias a las que El artista llegue en su laboratorio: la obra de arte.

“Please, be quiet and pay atention to me”, repite una y otra vez, con ahínco autoritario, mientras la cuñada y el tercero desconocido traducen. La gente aplaude cada indicación como si fuera un tema musical. “Presten mucha atención a las instrucciones. Cuando estén en posición para la toma no sonrían, porque se ve ridículo”, acota en una de esas ya gritando, y la multitud responde haciendo un eufórico escándalo, entre risas y aplausos de aprobación. A las seis y treinta y ocho, cuando ya varios desesperados tienen prendas en la mano, El artista da la orden, y ocurre el destape de olla. La multitud, unánime, se quita la ropa. Nadie vacila. El fantasma de las supuestas erecciones que habría que contener ante roces inesperados se disipa: todo el mundo está en pelotas. Tres mil pezones y tres mil testículos al aire pasan el suiche de las convenciones, y estar desnudo se vuelve natural. Mientras los cuerpos eufóricos marchan hacia la avenida, el pele masivo estalla en una ovación que se sostiene ininterrumpidamente. El sol reaparece detrás de los edificios, y cae pesado sobre todas las pieles, que en una dirección son una hilera continua de culos pelados caminando, y en la otra una consecución de tetas temblando al ritmo de la marcha.

Es difícil saber si cuando Roger Waters, Manú Chao, Eddie Palmieri o Celia Cruz hablan de las bondades del público venezolano en términos hiperbólicos, lo hacen por ser complacientes o porque de verdad los asombró el escándalo que somos capaces de hacer cuando somos muchos y estamos entusiastas. Pero cuando Tunick dice que la gente estaba más energizada aquí, alzando la voz cuando dice “aquí”, no parece hacerlo por complacer a nadie, sino para justificar que se puso pesado con lo de la mandadera. Como él lo dice, se estaba volviendo loco, que en caraqueño es decir se picó. Inolvidable el momento de la segunda toma en que, casi agitando las manos con los codos pegados de la cintura, dice bastante alterado “¡Esto no es un chiste, es un retrato para que se acuerden el resto de su vida!”, pero en inglés que suena más gay.

El entusiasmo de los modelos voluntarios al momento de quitarse la ropa se ha expresado hasta en Cleveland, a diez grados bajo cero, es decir, es pan de cada día en estas instalaciones-performances de Spencer Tunick. Pero en Caracas el escándalo trasciende la sorpresa del momento de pelar. La sesión dura dos horas, cuando lo usual es que dure los quince minutos que se anunciaban en el correo, llegando a una hora en casos extremos. La gente en pelotas nunca se calla. El artista grita, suda, no se entienden sus indicaciones. En los cordones de seguridad se van uniendo al pele colectivo los mirones, y la gente se pone toda cada vez como si se acabara de desnudar. Si no quieren dejar pasar a los recién decididos, el gentío que ya está adentro hace bulla hasta que les permitan entrar. Y cuando El artista, en su primera pataleta, dice que dejen la guachafita de la gritadera aparece la primera consigna general. “¡Un policía, y no jodemos más!, ¡un policía, y no jodemos más!”, y los pacos, aunque todavía vestidos, aguantanla burla colectiva en silencio. Después, cuando llega la prensa el canto es “¡No queremos buzos, queremos que se pelen, no queremos buzos, queremos que se pelen!”, y Sofía, Merwin e Ismael se acercan a los reporteros gráficos y les pelan una serie de maromas boca arriba. Sigue la sesión, el solazo, la impaciencia y reproches de El artista y la excitación colectiva negada disminuir. Cada roce, cada comentario, cada evento es razón para una bulla, para un estallido de risa. No se detiene ni una hora y tres cuartos después de llevar solazo en todo el cuerpo, gritar como una barra de estadio y pegar y despegar el culo de la avenida Bolívar: uno de los momentos de mayor desorden y risa es en la última toma, detrás de la estatua, cuando piden la posición que en yoga se llama entrega total –nalgas sobre los talones, cabeza y brazos sobre el piso–, que Tunick insiste en llamar “la bolita”.

V

Milan Kundera propone, en La insoportable levedad del ser, que lo que atraía a los manifestantes de la festividad del primero de mayo, organizada por el partido comunista en la otrora Checoslovaquia, no era “un mero acuerdo con el comunismo, sino un mero acuerdo del ser en cuanto tal”. Según él, la consigna tácita de esa manifestación no era “¡viva el comunismo!” sino “¡viva la vida!”: la fiesta del primero de mayo “bebía de la profunda fuente del acuerdo categórico del ser”.


Entrometo a Kundera porque no le consigo nombre más preciso que acuerdo categórico del serparejería se me hace vago– para denominar algo que habitualmente y con furor se convoca en Venezuela: esa bulla fascinante del estadio de béisbol que hace atractivo asistir a un juego hasta para quien no sabe la diferencia entre catcher y umpire; cierto regodeo en la guachafa, en la consigna, que consigue cualquier excusa para anidar, y que puede convertir en un beatle, de un día para otro, a un militar alzado con un megáfono en una plaza. Claro, esa celebración de la vida contagia a las multitudes de un entusiasmo excesivo, que puede y suele devenir en cierta demagogia, propia del cocainómano que nombra padrino de su hijo a un tipo que conoció hace dos horas, o que le besa la mano a un mal poeta diciéndole Príncipe de la Galaxia. Basta evocar las vergonzosas imágenes del Aula Magna en 2004, cuando Charly García hizo que un público al que había despreciado varias veces, le coreara “¡Uh!¡Ah!¡Charly no se va!”. Porque ese furor por el acuerdo categórico del ser, nos pone en el riesgo de actuar como borregos, que adulan en masa y le corean loas al primer embaucador que se para con un micrófono en una tarima.

Por fortuna existe el chalequeo, que es lo que ocurre cuando el acuerdo categórico del ser no conviene aupar ni venerar sino, con una bulla mucho más chirriadora que la de la veneración, burlarse y sabotear: así como se ovaciona frenéticamente a Bob Abreu o a Servando y Florentinio, medio estadio a reventar puede improvisar una melodía con un “¡Melvin (Mora) es marico!”, o abuchear unánime e ininterrumpidamente a un infame Ignacio Peña que por razones inexplicables abre un concierto de Roger Waters.

El chalequeo, definido en el glosario de La ley de la calle como “burla constante y ofensiva”, irrumpió el 19 de marzo en la avenida Bolívar, abriendo grietas en el acuerdo categórico que convino una reunión totalitaria, en la que se quiso prohibir la individualidad. La masa, mal que bien, hizo patentes sus incomodidades y sus demandas: sí es una fiesta, sí es sólo la celebración, sí es una protesta y sí hay discursos y papelitos.

La caída del viaducto Caracas-La Guaira le quitó a la instalación de Tunick el titular de primera página en todos los periódicos. Igual todos publicaron alguna imagen de cueros en la portada. Y en El Nacional, en lugar del acuerdo categórico en pelotas, roban cámara Merwin a un lado, Ismael al otro, y Sofía en el medio, los tres parados de manos, y todos los demás alrededor chalequeando con ellos a la prensa.

Se entiende que la energía que aquí generamos, por una felicidad excesiva que no produjo estar desnudos, haya hecho que El artista se pusiera más pesado que lo usual aquí. Pero para la próxima, debe saber que, si no quiere pasar tantas incomodidades y sentirse tan ofendido, en vez de walkie talkies extra, le toca acostumbrarse al chaleco. Mire que aquí hasta los policías, con un discernimiento aparentemente menos favorecido que el suyo, entendieron que al que no pelaba no le tocaba gritar.

Apéndice

El lector melindroso se incomodará por la desfasada presencia, en marzo de 2006, de las siglas MACCSI en el dominio “maccsi-tunick.ve”. Ocurre que la instalación perfomance de Spencer Tunick en Caracas se planteó en principio para el 26 de enero de este mismo año, en el marco del Foro Social Mundial. Cuando se creó este dominio no se había publicado el decreto en el que, por orden del Ministerio de Cultura, se le retiró el epónimo al Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber.

No se ha hecho pública la razón Tunick embarcó en enero del año pasado –aunque es poco el que duda que fue la clausura del viaducto Caracas-La Guaira a principios de mes. De cualquier manera, la prorrogación del evento fue en cierta manera oportuna: casualmente, en las declaraciones de Sofía Imber ante el cambio de nombre del museo, ésta arguyó que se trataba de un ataque personal, en respuesta a un comunicado publicado el 21 de enero, en el que ella, junto a otros intelectuales, firmaba la denuncia de “la aparición de ciertas alusiones antisemitas apenas encubiertas en el discurso del presidente de la República”. Indeseable coincidencia hubiese sido entonces que la instalación de Tunick, organizada por el MAC y pagada por el Gobierno se hubiera dado en medio de esa polémica pues, como usted sabrá si ha visto algo de su trabajo, la semejanza de los desnudos colectivos de Tunick con las imágenes que registra la memoria colectiva de los campos de concentración nazi es más que evidente.